“Ningún principio en la gestión de nuestros asuntos exteriores, aceptado por todos los hombres de Estado como guía hace seis meses, existe ya. No hay tradición diplomática que no haya sido barrida. Tenemos un nuevo mundo, nuevas influencias que trabajan, nuevos y desconocidos objetos y peligros con los que tratar en la actualidad en esa oscuridad incidente a la novedad en tales asuntos”.
Buena descripción de dónde estamos. Solo que no corresponde a estos tiempos sino a otros. Son reflexiones del gran político judío británico Benjamin Disraeli tras el nacimiento del Reich alemán en 1871. Hoy estamos inmersos en otro cambio de mundo, en el que lo más significativo no es la guerra de Ucrania y todo lo que la rodea, incluido su probable y previsible (aunque no guste) final, sino, como cuando en su día el Reich alemán trastocó Europa, el ascenso de China y las revoluciones tecnológicas. Pero el cambio empezó por dentro, en el seno de las sociedades, y luego pasó afuera, a la geopolítica. ¿Hacia qué mundo vamos? Quizás ya hemos llegado. Es este.
La caída del Muro de Berlín en 1989, seguida de la disolución de la Unión Soviética a finales de 1991, trajo nuevas esperanzas. Marcó –quizás– el inicio de un interregno histórico que acabó hacia 2012. Fue una época de espejismo de la unipolaridad estadounidense. Aunque con el trauma de los atentados del 11 de septiembre de 2001 Estados Unidos se descolocó. A pesar de no cumplir las promesas dadas a Gorbachov de que la OTAN no se ampliaría más allá de la antigua Alemania del Este con la unificación, Moscú digirió la entrada en la Alianza primero de Hungría, Polonia y República Checa (en 1999), seguidos (en 2004) de Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania y Rumanía. Rusia llegó a un grado de relación con la OTAN sin precedentes. Pero “la bienvenida a las aspiraciones euroatlánticas de Ucrania y Georgia para ingresar a la OTAN” en la Cumbre de Bucarest en 2008 era un paso ya no hacia países del antiguo Pacto de Varsovia, sino de la antigua Unión Soviética (que había desaparecido en 1991 no por presión externa sino por implosión). Los Bálticos son un caso muy especial.
«La caída del Muro de Berlín en 1989, seguida de la disolución de la Unión Soviética a finales de 1991, trajo nuevas esperanzas. Marcó –quizás– el inicio de un interregno histórico que acabó hacia 2012.»
Es historia conocida, sobre todo europea. Pero ahí empezaron a torcerse todo muchas cosas, y no solo con Rusia, mientras China ascendía discretamente. A partir de 2008, y sobre todo entre 2011 y 2012, el mundo cambió en algunos aspectos importantes.
Para empezar, con la llegada de “hombres fuertes” en países fuertes (nunca mujeres, pues Meloni es italiana, e Italia pesa por ser de la UE, no por sí sola), carismáticos, que se convertirían en autócratas. La lista, que en parte ha recogido el historiador Michael Kimmage, pone de relieve la importancia de ese año gozne, que coincide con el ascenso en poder global de importantes potencias medias. Casi todos revisionistas, nada universalistas, y despreciativas de la democracia tal como la entendemos (¿o entendíamos?) en Occidente.
En 2012 el propio Putin puso fin al experimento de pasar temporalmente de jefe del Estado a primer ministro, para quedarse como presidente de Rusia, con más poderes y con una visión geopolítica dura, que ya había desgranado en 2007 en la Conferencia de Seguridad de Múnich. En 2014 mandaría invadir Crimea y parte del Donbass. Y se desharía de opositores de renombre.
También en 2012, Xi Jinping llega a secretario general del Partido Comunista y presidente de la Comisión Militar Central. Al año siguiente asume también la Presidencia del país. China se situó como la siguiente superpotencia, para la que cuenta más el dominio tecnológico que otros atributos clásicos. Con Xi Jinping China ha dejado atrás el “ascenso (o desarrollo) pacífico” y empieza a hablar de “diplomacia del lobo guerrero” (wolf warrior), no disimulando ya sus intereses nacionales y montando un orden paralelo. En 2009 habían nacido los BRICS, con sus primeras instituciones (como el Nuevo Banco de Desarrollo y el Acuerdo de Reservas de Contingencia) viendo la luz en 2014. Un año antes, China había lanzado la iniciativa de la Franja y la Ruta, y en 2015 el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura.
En 2012, en Turquía, Erdogan también pasó de primer ministro durante una década a presidente, con más poderes. Hoy vemos como encarcela al alcalde de Estambul, que podía ser el único rival con posibilidades en las próximas elecciones. Dos años después, en India, el nacionalista hindú Narendra Modi consigue llegar a primer ministro, y ahí sigue. De hecho, todos los mencionados, más de una década después, siguen en sus cargos.
Incluso otro “hombre fuerte”, como es Trump, durante el sopor de Obama había estado preparando, a partir de 2012, su secuestro del Partido Republicano y su candidatura. Ganó en 2016. Biden en 2020 parece haber representado un paréntesis. Trump ha regresado más fuerte, con una agenda radical para EEUU y para un nuevo mundo. Una agenda que ya planteó en su campaña para 2016 y en su primer mandato. Hay que mirar a las cosas que no pudo llevar a cabo, y ahora sí podrá. Aunque la frase es de Reagan en los 80, Trump asumió la marca de MAGA (Make America Great Again) en 2012, tras la reelección de Obama.
En Arabia Saudí, el príncipe Mohamed bin Salmán (MBS) vivió su ascenso político entre 2012 y 2015. Desde 2017 es el príncipe heredero, manda y se ha labrado un papel internacional, como vemos en las negociaciones sobre Ucrania. No cabe olvidar a Netanyahu, primer ministro de Israel por primera vez en 1996, y luego repetidas veces, con las sabidas consecuencias.
2012 aparece ahora como un año pivote para el mundo. No solo por el ascenso de estos “hombres fuertes”, entre otros, y el declive de Occidente y su concepto de la democracia. Son los años en que cobró vuelos la idea de la “Ilustración Oscura” (que apareció también en 2012, en el blog del filósofo británico Nick Land , luego transformada en articulo largo y libro), también conocida como Movimiento Neoreaccionario (NRX). Rechaza los valores de la Ilustración y la democracia, para impulsar las ideas de desmantelamiento del Estado y del tecnocomercialismo o neofeudalismo, que hoy se están aplicando en EE UU. Mientras tanto Europa, la UE, atravesaba mal la crisis económica de esos años, y carecía de liderazgo. Ni siquiera Merkel lo fue, con su política de austeridad. La UE estaba desnortada. Y en 2016, los británicos votaron a favor del Brexit.
«Aunque no conocemos el futuro, que se anuncia como un largo periodo de inestabilidad, lo único claro es que no habrá vuelta atrás. Trump lo ha entendido e intenta no ya adaptarse al cambio, sino provocarlo para sacar provecho de la situación.»
Es el surgimiento de un nuevo mundo, en el que Occidente pesa mucho menos, y además se ha dividido, si no roto. Aunque no conocemos el futuro, que se anuncia como un largo periodo de inestabilidad, lo único claro es que no habrá vuelta atrás. Trump lo ha entendido e intenta no ya adaptarse al cambio, sino provocarlo para sacar provecho de la situación. De forma arbitraria, imperial, caótica y chapucera, de aprendiz de brujo.
Ahora bien, no hay que fijarse únicamente en los dirigentes políticos, sino en las fuerzas profundas que están actuando por debajo, que marcan una revolución en los asuntos humanos y planetarios, y que transforman las bases de nuestras sociedades. Como la transformación del panorama tecnológico. El año 2012 también fue un punto de inflexión en la evolución de las redes sociales y la tecnología digital. Salió el primer iPhone con acceso a las redes 4G (una batalla que perdió Europa cuando dominaba el 2G y el 3G). Whatsapp superó los 200 millones. Se consolidaron muchas de las plataformas que hoy dominan el mundo digital. Facebook salió a bolsa y compró Instagram. Twitter se consolidó como la plataforma clave para debates políticos y noticias en tiempo real, como entendieron bien Obama (en la campaña de su reelección en 2012), Trump y Cambridge Analytica. Los “hombres fuertes” han aprendido a utilizarlo para consolidar su poder (y Musk acabó comprándola). Netflix lanzó en 2012 su primera serie original, House of Cards, sentando las bases para el auge del streaming de contenido propio. Europa no reaccionó.
Son años de crecimiento exponencial del tráfico global de datos. Si en 2007, este fue de unos 100 exabytes anuales, en este año 2025 alcanzará los 10 zettabytes. (1 zettabyte = 1,000 exabytes). Con las consiguientes nuevas vulnerabilidades y aumento de la importancia de la ciberseguridad en un nuevo frente que es global. Toda una industria dominada por los “señores del aire”, estadounidenses y chinos.
También esos años marcaron un auge en la externalización por Occidente de mucha producción y muchos empleos, debida a la globalización, y la pérdida de otros por la automatización, primero con robots industriales y luego con la digitalización y las inteligencias artificiales, aunque hayan nacido otros que requieren nuevas pericias. A menudo empleos bien pagados de clase media. Tras el parón de 2009 por la crisis, en 2012 se instalaron casi 160.000 robots industriales en todo el mundo, que combinaban muchas mejoras en hardware y en software, un punto de inflexión en la robotización. En los últimos años, los nuevos robots industriales instalados han superado el medio millón anual, con China en cabeza, mientras aumentan los de servicios.
Y el Tesla Model S, el primer sedán de Tesla, el Modelo S, llegó en 2012, transformó la marca en líder en coches eléctricos, y sentó las bases para la fortuna de Elon Musk, hoy en el poder político en Estados Unidos, además de la persona más rica del mundo, con una fortuna lograda en tierra, aire, espacio e hiperespacio.
¿Quién se acuerda de la profecía maya de que el mundo acabaría en 2012? No se trata solo de “los cambios de humor en Washington”. Nos teníamos que haber preparado mejor hace más de una década para estas transformaciones, cambios e incertidumbres permanentes que marcan los nuevos tiempos, más que un nuevo orden mundial. Intentémoslo sin anteojos adanistas, releyendo a Heráclito más que regodeándonos en El Gatopardo. Le pese a Lampedusa, muchas cosas están cambiando pero nada será igual. Lo que provoca vértigo.