Estatua de Aristóteles en la Academia de Atenas, Atenas, Grecia Central, Ática, Europa. GETTY.

Cómo Aristóteles puede salvarnos

Al examinar lo que constituye la buena vida, Aristóteles ya ofreció un marco filosófico relevante para nuestra época actual de confusión moral y fragmentación cívica. Lo que subyace a todas nuestras aparentes diferencias es un anhelo compartido de propósito, pertenencia y dignidad.
Antara Haldar
 |  3 de abril de 2025

En un discurso que pronunció en 1995 en el que esbozaba sus “Visiones para el siglo XXI”, el célebre astrofísico Carl Sagan advirtió sobre la fragilidad de la civilización humana, dada nuestra infinitesimal presencia en el cosmos. Nuestro futuro, advertía, depende íntegramente de que aprendamos a vivir juntos con sabiduría y humildad.

Está claro que no entendimos el mensaje. Tres décadas después, nuestro planeta, ese “pálido punto azul” está desgarrado por la agitación geopolítica, y la esperanza de finales del siglo XX de un liberalismo global en auge se ha desvanecido. Ante una incertidumbre tan radical, la mejor estrategia puede ser volver a lo básico. Y para explorar la más profunda de todas las cuestiones –¿qué es la buena vida?– no hay mejor guía que Aristóteles, cuya Política y Ética Nicomáquea ofrecen un marco sorprendentemente pertinente para esta época de confusión moral y fragmentación cívica.

A diferencia de la tradición liberal moderna, que exalta la autonomía individual, Aristóteles partía de una premisa diferente: los seres humanos no son unidades autocontenidas, sino animales sociales cuyo florecimiento depende del cultivo de las virtudes dentro de una comunidad política.

Vivir bien no es simplemente hacer lo que uno quiere, sino que requiere cultivar el carácter mediante la educación y la habituación a lo largo de toda la vida, y el compromiso con una vida cívica compartida. (No por casualidad, el atractivo contemporáneo de muchos nacionalistas y populistas es que ofrecen una visión alternativa, y a menudo nostálgica, de la buena vida).

La perspectiva de Aristóteles contrasta fuertemente con el libertarismo que definió durante mucho tiempo a la derecha tradicional (al menos hasta hace poco) y con la política identitaria de la izquierda. Aristóteles nos recuerda que la libertad no es simplemente la ausencia de restricciones, y que la justicia no es simplemente la distribución equitativa de los derechos. La verdadera libertad, según él, es la capacidad de gobernarse a uno mismo sabia y éticamente en concierto con los demás; y la verdadera justicia se encuentra no sólo en normas abstractas, sino en prácticas que permiten a las personas llevar vidas con propósito, dignidad y excelencia.

Este lenguaje se ha perdido en nuestra cultura política actual. Legislamos sobre la base de reivindicaciones de derechos contrapuestos: mi derecho a hablar frente a tu derecho a ser protegido, frente a su derecho a ser incluido… Pero sin una concepción compartida de nuestro propósito común –nuestro telos– acabamos atrapados en batallas de suma cero sobre las preferencias e identidades individuales de quién deben primar. El resultado es la “hiperpolítica”: un estado de interminable contestación moral sin fundamento.

Aristóteles podría proporcionarnos el léxico compartido que necesitamos. Para él, la política no es un mero mecanismo de reparto del poder, sino un medio de cultivar la virtud (la excelencia). Una política bien ordenada no solo previene el daño, sino que forma buenos ciudadanos, alimentando la responsabilidad, la deliberación, el coraje, la moderación y la preocupación por el bien común.

Llama la atención el contraste de esta concepción con el mundo actual. Nuestras instituciones funcionan a menudo como “mercados de agravios”, donde la atención, el estatus y la indignación tienen el mayor poder adquisitivo. Nuestros ecosistemas mediáticos –especialmente en línea– están diseñados para fomentar el tribalismo. Nuestros sistemas educativos evitan cada vez más hablar de formación moral, para no ser acusados de politización. Y nuestros políticos han pasado de ser ejemplos de carácter público a su antítesis.

Desde Estados Unidos y Reino Unido hasta India y Hungría, las democracias luchan no sólo contra la polarización, sino contra un malestar más profundo: la erosión de la confianza cívica, el colapso de las narrativas compartidas y la pérdida del propósito público. Lo que Aristóteles llamaba eudaimonia –el florecimiento individual a través de la participación en una comunidad justa y bien ordenada– ha sido sustituido por una concepción vacía del éxito, estrechamente definida como riqueza, viralidad mediática o poder personal desvinculado de la responsabilidad.

La adopción de una concepción aristotélica de la política y la buena vida no significaría dar marcha atrás ni ignorar los avances de la democracia liberal moderna. Con razón valoramos los derechos, el pluralismo y la protección contra la tiranía. Pero Aristóteles nos recuerda que ningún sistema político puede prosperar sin un propósito moral que responda a preguntas fundamentales: ¿En qué tipo de personas queremos convertirnos? ¿Qué tipo de carácter deben cultivar nuestras instituciones? ¿Cómo formamos ciudadanos capaces de ejercer la verdadera libertad, en contraposición a la licencia sin restricciones?

La educación, en un registro aristotélico, no consiste sólo en acumular habilidades o conocimientos. Se trata de formar el carácter mediante la exposición a modelos de conducta, la reflexión ética y la participación activa en la vida cívica. La deliberación política no es un mero choque de intereses, sino una búsqueda conjunta de sabiduría práctica sobre cómo vivir bien juntos. El liderazgo no se mide únicamente según el rendimiento, debe ser el ejercicio de guiar a los demás hacia un bien compartido.

 

«La salud de una sociedad depende no sólo de sus leyes o su economía, sino del carácter de su gente»

 

Puede que esta política suene ingenua en una época de cinismo. Pero quizá el cinismo se haya convertido en una profecía autocumplida. La verdadera ingenuidad reside en creer que podemos mantener la democracia sin cultivar las virtudes morales y cívicas que la hacen posible. Aristóteles comprendió lo que demasiados teóricos modernos han olvidado: la salud de una sociedad depende no sólo de sus leyes o su economía, sino del carácter de su gente.

Un rasgo característico de nuestro tiempo es que demasiadas personas, educadas para verse a sí mismas y a los demás como elegidos aislados –como Homo economicus– se sienten impotentes, desarraigadas y hambrientas de sentido. Algunos lo buscan en proyectos identitarios o nacionalistas, y otros en el éxito del mercado. Pero bajo estas trayectorias divergentes subyace un anhelo compartido de finalidad, pertenencia y dignidad. Aristóteles habla directamente de ese anhelo, ofreciendo no una solución tecnocrática o un eslogan partidista, sino una visión moral de la política como espacio para el florecimiento humano.

Al igual que el arte japonés del kintsugi –reparar con oro la cerámica rota– el aristotelismo nos enseña que la polis fracturada del siglo XXI tiene el potencial de recomponerse. La tarea no consiste en borrar las grietas, sino en llenarlas de virtud, propósito y una concepción compartida del bien común.

Copyright: Project Syndicate, 2025.
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1 comentario en “Cómo Aristóteles puede salvarnos

  1. Hermosa nota.

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