Desde que entró en vigor en 1970, el acuerdo ha mantenido el club nuclear en solo nueve miembros: los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Pakistán, India, Israel y Corea del Norte, que no forman parte del pacto. Toda una hazaña si se tiene en cuenta que muchos países podrían hacerse de arsenales nucleares en cuestión de años –o meses– si se lo propusieran.
Entre ellos están Japón, Corea del Sur, Turquía, Alemania y Arabia Saudí por los diversos grados de inseguridad que les generaría una retirada del paraguas atómico del Pentágono. Las nueve potencias juntas suman casi 13.000 cabezas nucleares, suficientes para volatilizar miles de ciudades similares a Hiroshima con cargas explosivas hasta 3.300 veces mayores, como la “bomba del zar” de 27 toneladas y 50 megatones que la Unión Soviética detonó en 1961.
Según escribe el exsenador Sam Nunn en Foreign Affairs, desde 1945 el mundo se ha librado del Armagedón por una combinación de “liderazgo prudente, profesionalismo militar, buena suerte y la ayuda de la providencia”. Si bien los llamados “tigres de papel” han permitido a sus poseedores implementar eficazmente estrategias de disuasión, el TNP también habilitó cierta cobertura a otras guerras, como las de Irak y Ucrania, al incidir en que la división entre países nuclearizados y no nuclearizados debía mantenerse a toda costa, según escribe Anne-Marie Slaughter en Project Syndicate.
En distintos momentos de la Guerra Fría, Australia, Suecia, Brasil, Suráfrica, Taiwán y Egipto emprendieron programas nucleares que abandonaron tras suscribir el TNP, entre otras cosas porque entendieron que un marco legal internacional restrictivo era una solución más lógica –y eficiente– para sus problemas estratégicos. En 1991, Suráfrica firmó el TNP, dejando fuera solo a India, Israel, Pakistán y ahora Sudán del Sur. Pyongyang se retiró en 2003….